A veces la melancolía se instala
y no me deja ver.Se angosta el camino,
y se convierte en un oscuro túnel,
dónde las luciérnagas se apagan y
acechan las sombras del silencio.
El desasosiego y la aflicción merodean como un centinela, abordando el pensamiento y la razón.
Y brota una lluvia salada, que mana de mi interior y que mis ojos derraman.
Y siento que la verdad de mi corazón no se tambalea ni muere.
Él, envuelto por las cicatrices del dolor,
se hizo fuerte y se abraza a la resiliencia con valor.
Porque la vida no espera, hay que vivirla con esperanza, y no tener la desidia y el lamento como opción.
Mi alma ya no se arrodilla aterida y derrotada.
Mis sueños hibernan, esperando que algún día vuelva a sentir el calor y la dicha que me quedó por vivir.
Y desde mi atalaya, le susurraré al viento que pienses en mí cada vez que te pienso.
Vislumbraré la luz que emitan tus ojos sobre el agua de ese río, qué mirándolo cada noche, te invita a soñar y te ayuda a reflexionar.
Su reflejo se torna como un espejo.
Tan sólo tienes que cerrar los ojos y mirar...
Conjugar el verbo amar
Y respirar...
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